Jueves, 01 de julio de 2010
Se cumple medio mes desde que José Rodríguez Fernández llegó al Reino de los Cielos. Era un hombre con un gran afán de superación, ya que durante toda su vida, aún con los noventa años de edad cumplidos, seguía echando una mano, y grande, a los diferentes negocios que el Grupo La Toja de La Carolina tiene establecidos en diferentes puntos de la provincia e incluso fuera de ella.
Tuve la suerte de conocer a José Rodríguez durante bastantes años de mi vida y, como es lógico, de compartir con él momentos de todo tipo, especialmente buenos. Por eso solamente tengo palabras de agradecimiento y admiración para este emprendedor que, tras haber nacido en el pueblo gallego de Melón, fijó su residencia en la capital de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena tras un breve periodo de tiempo que residió en Madrid, siempre como empresario hostelero. Tampoco se me olvidan los buenos ratos que pasé junto a él en bastantes viajes realizados conjuntamente con el resto de caballeros de la Orden de la Cuchara de Palo de Guarromán, de la que fue comendador decano y uno de los primeros miembros numerarios.
Y es que "el abuelo" como le llamábamos todos los componentes de esta prestigiosa orden gastronómica, se vino en mi coche hasta Guarromán, numerosas veces, para desde allí partir en autobús hacia diferentes destinos organizados por el presidente José María Suárez Gallego, previo acuerdo en asamblea. Especialmente me viene a la memoria un viaje realizado en el año 2006 a Sevilla, concretamente al restaurante Cabo Roche que dirige el gastrónomo Paco Jacquot, donde tuve el honor se ser investido como comendador honorario de la Orden junto al presentador de Canal Sur, Rafael Cremades, y "el abuelo" nos bautizó a los dos colocándonos la célebre esclavina de color rojo de los antiguos conventos primitivos. Precisamente, el pasado doce de junio volvimos a Sevilla y le dedicamos un homenaje póstumo que estuvo a punto de costarnos algunas lagrimillas tanto a mí como a su hijo José María Rodríguez, maestre de armas de la misma Orden. Y recuerdo como este bonachón abuelo disfrutaba del menú y a la vez se sentía feliz ordenando, cariñosamente, a los camareros que me sirvieran varios postres en vez del correspondiente al almuerzo oficial.
Y es que, José Rodríguez Fernández tuvo siempre una mente muy abierta. Por eso estuvo pendiente, durante su último mes de hospital, de las vicisitudes del negocio que ahora regentan su hijo y sus nietas. Esto viene a poner de manifiesto que Rodríguez estuvo en sus cabales hasta el último instante de su vida en que se le rompió el motor por causas totalmente ajenas a cualquier enfermedad. Su pérdida fue sentida por personas de todo tipo y profesiones, como así lo demuestra el multitudinario público que asistió a su sepelio en La Carolina. Desde que "el abuelo" se marchó para siempre, no cabe duda, de que dejó una huella laboral y emprendedora casi imborrable en el recuerdo de muchos carolinenses a los que tuvo como amigos, fuesen clientes o no del negocio familiar. Desde aquí quiero también mandarle mucho ánimo a su esposa Delfina, para que supere lo más prontamente posible este duro trago y poder tenerla entre nosotros muchos años más, porque también es una mujer ejemplar.
Y es que José Rodríguez Fernández fue una persona muy querida por todos los que le rodeaban y un apasionado de amor con su familia. Servicial como nadie, legal y honrado en todos los aspectos de la vida, el "abuelo de La Toja" era una persona entrañable en el municipio carolinense.
Tu amigo Silverio Fernández.
Publicado en diario
el domingo 27 de junio de 2010
Por: La Cuchara de Palo | Artículos de Silverio Fernández | Comentarios (0) | Referencias (0)
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